Inicio arrow Pseudociencias arrow Pseudoarqueología arrow Objetos ¿enigmáticos? de un pasado desconocido
Objetos ¿enigmáticos? de un pasado desconocido PDF Imprimir E-Mail
escrito por Daniel Setó   
viernes, 14 de julio de 2006

OBJETOS ¿ENIGMÁTICOS? DE UN PASADO DESCONOCIDO



Principalmente durante este siglo, con cierta frecuencia se ha asistido a la proliferación de noticias llamativas acerca de sorprendentes objetos de origen inexplicable que desafían a nuestros conocimientos acerca del pasado. Algunos de estos "descubrimientos arqueológicos", dando lugar a las más estrafalarias teorías, han alcanzado gran difusión y credibilidad en nuestros días, a pesar de ser su valor científico extremadamente dudoso.


Sin duda, la Arqueología moderna está poblada de enigmas. Si no fuera así carecería, como cualquier otra ciencia, de buena parte de su sentido. Pero en raras ocasiones estas incógnitas son debidas a misteriosos objetos individuales de origen y funcionalidad desconocidos. Durante el siglo XX, este tipo de materiales han venido a apoyar gran parte de teorías alternativas, principalmente creacionistas, a través de interpretaciones que pretenden solucionar los grandes misterios que habían aparecido con ellos. Este tipo de estudios, subconjunto de lo que podríamos denominar pseudoarqueología, deberían preocuparnos en la medida en la que pretenden servir de coartada a conjeturas injustificables desde el punto de vista científico. Aunque han ido más allá: muchos de los enigmas de los que hablamos han conseguido una credibilidad como problema real en la investigación histórica, aún en ambientes científicos serios, difícilmente explicable con relación a su calidad científica.


Buena parte de la responsabilidad de esta extraordinaria difusión debe buscarse en la conjunción de dos elementos que han ejercido tradicionalmente una especial fascinación: la parte mitológico-legendaria del pasado remoto y los fenómenos misteriosos y desconocidos. Ello ha hecho de la pseudoarqueología, y del tema que trata este artículo en particular, un componente fortísimo de la corriente que ha sido llamada Nueva Era. Pero en el caso de estos artilugios que la ciencia oficial no puede explicar se da otra circunstancia preocupante: quizá por el desconocimiento general y por lo sencillo, aunque espectacular, de su planteamiento, han conseguido emigrar de las páginas que compartían con temas de parapsicología, ocultismo, criptozoología etc., para camuflare de serios interrogantes científicos en otros medios de divulgación, en principio más serios.

La situación mencionada hace cada vez más difícil distinguir estos casos. Estas líneas pretenden mostrar qué circunstancias deben hacernos dudar. Los siguientes puntos responden, en general, a dos características: los casos en los que la configuración que se interpreta no presenta seguridad objetiva, y aquellos en que la interpretación que se lleva a cabo no tiene base científica.


1. Hallazgos en condiciones no controladas: Un pilar básico del método arqueológico moderno lo constituye el control minucioso del proceso de excavación de un yacimiento. Debe tenerse en cuenta que esta característica es relevante hasta el punto de que un hallazgo arqueológico carece de valor científico si no es posible determinar con certeza y exactitud dónde, cuándo y cómo se ha producido. Desde luego, esta circunstancia no está presente en la mayoría de las informaciones pseudocientíficas, aunque su omisión no es fácilmente apreciada por la mayoría de los lectores, abrumados por una serie de espectaculares interpretaciones que, como hemos dicho, han de ser firmemente cuestionadas. Por supuesto, la información proporcionada debe, forzosamente, admitir un margen de error razonable, pues la precisión de los métodos de medición que pueden emplearse en una excavación es limitada.

Tampoco pueden desecharse directamente todos los hallazgos que se producen en condiciones no controladas, aunque es necesario, en este caso, tratar de reconstruir rápidamente, y con la mayor veracidad posible, todas las circunstancias relacionadas con el descubrimiento. Cuanto mayor sea la inexactitud del registro vinculado a un determinado objeto, tanto más comprometidas se verán las interpretaciones posteriores realizadas sobre la base del mismo. Toda la investigación que puede llevarse a cabo sobre un objeto arqueológico depende decisivamente de su posición en el yacimiento, y esta información se perderá irremisible y permanentemente en el momento de la excavación.

Esta falta de control es un hecho habitual, casi sistemático, en las referencias de los estudios pseudocientíficos sobre los grandes enigmas del pasado, basados en el descubrimiento de objetos de otros mundos o de antiquísimas civilizaciones desconocidas tecnológicamente avanzadas. Se da la peculiar circunstancia de que todos estos descubrimientos han sido fortuitos, llevados a cabo por obreros que preparaban los cimientos de una nueva construcción empleando una pala excavadora, mineros extrayendo mineral con un martillo neumático o circunstancias similares, que poca seguridad pueden proporcionar acerca de donde se encontró realmente la prueba en cuestión.

Un caso ejemplificador y ciertamente curioso lo constituye el hallazgo, en 1930, de un objeto cilíndrico de unos quince centímetros, formado de hierro y cobre y recubierto de asfalto (?), que fue interpretado como una pila eléctrica de dos mil años de antigüedad (sic), constituyendo, por tanto, un enigma fabuloso. No he podido encontrar, acerca de la procedencia de tan sorprendente artefacto, ninguna explicación más concisa que la siguiente (1):

(...) un ingeniero alemán, que había acudido a reparar el alcantarillado de Bagdag, encontró en los sótanos del museo de esta ciudad una caja que contenía "diversos objetos de culto" no clasificados [dentro de la cual estaba el artefacto].

Otro ejemplo, que da muestras de cuanto menos igual rigor y precisión que el anterior, es el caso de una esfera de caliza, de origen supuestamente humano, que ha sido datada en cincuenta millones de años (!) de antigüedad, sobre la base de su minuciosa exhumación:

(...) una bola de caliza hallada a 75 metros de profundidad en capas de lignito (...), pertenecientes al periodo terciario. (...) los mineros que trabajaban en un extremo del túnel vieron caer un objeto redondo desde la parte superior de la excavación .

Como se ha dicho, con datos de este tipo acerca del origen de los elementos de estudio, difícilmente podrá cualquier interpretación de los mismos dar lugar a teorías válidas desde el punto de vista científico.


2. Predominio de elementos aislados: Los objetos enigmáticos han aparecido, en su mayoría, totalmente descontextualizados, no vinculados a ningún otro vestigio, manteniéndose esta situación tras posteriores prospecciones. Los dos casos expuestos en el apartado anterior son un claro ejemplo, aunque hay muchos más (como la famosa piedra cerámica, con una espiga metálica en su centro, encontrada en California en 1961, mientras dos vendedores de geodas buscaban mercancía para su negocio). No deja de ser curiosa esta aparición totalmente aislada, que impide ponerlos en relación con cualquier conjunto arqueológico conocido. Por otra parte, es de señalar el enorme infortunio que supone el haberse topado con estos hallazgos individuales, y jamás con un yacimiento de mayor extensión con múltiples artefactos de este tipo, lo que ciertamente debería haber sido más probable, y hubiera aportado mucha información para el esclarecimiento de éstos grandes misterios.

En realidad, la experiencia arqueológica demuestra que la probabilidad de encontrar objetos aislados es muy pequeña. Por razones obvias, la cultura material se concentra en zonas de asentamiento. Es de suponer que ningún ser humano, ni presumiblemente otra criatura, construye algo para depositarlo en un lugar lejano de donde habita o desarrolla la mayor parte de sus actividades, abandonándolo sin dejar más rastro de su presencia.

No obstante, diremos que, aunque no es habitual, hallar elementos completamente aislados, o que así lo parezcan por el efecto de la desmesurada dispersión de un grupo de elementos u otras causas, es posible. De todas formas, la clara e inusual tendencia a pertenecer a esta categoría de los artilugios a los que nos referimos los convierten, cuanto menos, en sospechosos.


3. Omisión/Reinterpretación del contexto: En ciertos casos, el hallazgo aparece relacionado con otros, generalmente pertenecientes a conjuntos arqueológicos ampliamente estudiados. Pudiera parecer que esta circunstancia dificulta la propuesta de hipótesis pseudocientíficas acerca del elemento en cuestión. Nada más lejos de la realidad: los pararqueólogos, sencillamente, dejan de lado lo que no conviene a sus fines. Otra situación, aun más dramática, ocurre cuando la interpretación sin fundamento del objeto induce una reinterpretación de todo el contexto, contradiciendo, con frecuencia, la totalidad de teorías existentes. Estos dos fenómenos suelen superponerse, dando lugar a una metodología de trabajo absolutamente caótica. La interpretación libre, simple y dudosísima de la mitología figura entre las primeras herramientas que se utilizan en estos casos.

Por poner un ejemplo, citaremos el famoso bajorrelieve maya que, pretendidamente, representa a un astronauta dentro de su nave espacial. Sin embargo, otras interpretaciones coherentes con el estudio del registro arqueológico y la mitología precolombina identifican sin la menor duda la iconografía de Pakal, señor de la ciudad de Palenque, en la imagen citada, inmerso en una escena mitológica (2).


4. Construcción de la evidencia: En directa conexión con los dos puntos anteriores, aparece una característica relevante. Los estudios pseudoarqueológicos relacionados con el asunto que tratamos pretenden, en la mayoría de las ocasiones, construir una evidencia científica a partir de hallazgos individuales, apoyándose para ello en todo tipo de recursos, principalmente de carácter mitológico, que requerirían un estudio amplio y sutil. Estudio que, evidentemente, no quieren ni pueden llevar a cabo.

En Arqueología, no puede considerarse que nada es evidente (con muchas comillas) hasta haber reunido gran cantidad de información, que establezca relaciones firmes con teorías sólidas. Sin duda, pueden plantearse hipótesis con más o menos fundamento, y el camino de la especulación está siempre abierto, pero nada puede ser considerado una evidencia hasta haber cumplido los requisitos citados. Simplemente, el conjunto coherente de teorías conseguido tras una gran cantidad de investigaciones y descubrimientos no puede ser desechado sin más porque la interpretación de un sólo elemento parece contradecirla. Debemos considerar que resulta mucho más probable una explicación de otro tipo, que ha producido una interpretación incorrecta. Por el resto de motivos que mostramos, esta última posibilidad adquiere prácticamente, en estos casos, el rango de certeza.

No debe dar esto una idea de que la Arqueología es una ciencia estática, que se resiste con exceso a las modificaciones de su cuerpo teórico. Aunque las nuevas incorporaciones deben ser probadas con seguridad y las reelaboraciones confeccionarse minuciosamente, el dinamismo de esta ciencia ha de resultar obvio a cualquiera que se interese mínimamente por la misma.


5. Justificación por medio de paralelismos: La experiencia, y también la teoría, ha demostrado cuán peligroso es guiarse por la aparente similitud de los materiales arqueológicos a la hora de interpretarlos. A medida que aumenta la distancia geográfica y el intervalo de tiempo que separa a las culturas que se investigan, la precaución ha de extremarse.

En muchas ocasiones, la única prueba que apoya las hipótesis pseudoarqueológicas acerca de éstos hallazgos es el parecido (muy subjetivo) con elementos actuales. Científicamente, aportar exclusivamente esta información no tiene ninguna validez. Debemos suponer que entre los billones de objetos (una mínima parte artificiales), que se acumulan sobre y bajo la superficie terrestre, habrá miles de ellos que guarden parecido formal, más o menos acusado, con actuales artilugios fabricados por el hombre. Que una marca en una roca de doscientos millones de años (encontrada por un buscador de fósiles en 1922), se asemeje a la huella de un zapato actual, aunque puedan verse las marcas de los hilos de coser y las muescas generadas por el roce del talón (sic), no quiere decir que lo sea. Obviamente esta configuración casual de la superficie no era la huella de un zapato moderno, como pudo demostrarse con facilidad, aunque algunos aún confían en esta evidencia, clamando contra una conspiración científica que pretende ocultar las pruebas (3). Este caso en concreto (y hay más similares), resultará increíble a cualquiera que dedique unos minutos a pensarlo con mínimo espíritu crítico. ¿Debemos entender que los extraterrestres u otra civilización (quizá creada por ellos), fabricaban y usaban zapatos iguales que los nuestros, incluso cosidos, hace doscientos millones de años?. Aunque la prueba fuese real, esta interpretación parece bastante absurda.


6. Relación con otras pseudociencias: Cualquier trabajo sobre arqueología que se base en o refiera a otros de carácter pseudocientífico debe ser inmediatamente cuestionado, pues éstas disciplinas no emplean un método científico. Por el mismo motivo debe sospecharse de aquellos estudios que pretendan apoyar teorías de esta índole.

He dicho que la presencia de alguna o todas (como ocurre en la mayoría de los casos), de estas características debe hacernos dudar acerca de la objetividad de la información que se nos proporcione. En mi caso personal, me hace dudar de tal modo que rechazo de mano todos los vestigios de los que he tenido noticia que demuestran, corroboran o atestiguan la antigua presencia extraterrestre o las remotas civilizaciones tecnológicamente avanzadas, por poner un ejemplo. Aún así, puedo entretenerme leyendo a H.P. Lovecraft.

Aunque es posible que esté equivocado. Quizá estos objetos aislados, de procedencia oscura, interpretados con dudoso rigor hayan dado, después de todo, lugar a teorías que se ajustan a la realidad de nuestro pasado. Acaso dentro de un tiempo surja la prueba que me haga rectificar. Tómenme la palabra: si eso ocurre dedicaré todo mi tiempo libre, hasta el fin de mis días, a investigar estos hechos. No es una apuesta arriesgada: si hace cincuenta millones de años los extraterrestres visitaron la tierra creando una nueva raza de seres tecnológicos, será un placer tomar el estudio de sus vestigios como un pasatiempo.


NOTAS:


1 La primera descripción de este caso de la que tengo noticia aparece publicada en la revista americana Discovery, en 1939. Posteriores referencias al hallazgo (el texto seleccionado procede de La rebelión de los Brujos, de L. Pauwels y J.Bergier), parecen una transcripción casi exacta del artículo original. Si algún lector conoce una información más precisa que la proporcionada, le agradecería que se pusiese en contacto conmigo.

2 Para más información, ver biblio. [3].

3 Consúltese biblio. [1].


BIBLIOGRAFÍA:


[1] Ortiz de Montellano, B. Multiculturalism, Cult Archaeology, and Pseudoscience, en Cult Archaeology and Creationism: Understanding Pseudoscientific Beliefs about the Past. Ed. Francis B. Harrold y Raymond A. Eve. University of Iowa Press, Iowa, 1995.

[2] Feder, Kenneth L. Fraud, Myths and Mysteries: Science and Pseudoscience in Archaeology. Mayfield Publishing Company, California, 1999.

[3] Gallagher, I.J. Case of the Ancient Astronauts. Raintree Steck-Vaughn Publishers, Nueva York, 1997.

[4] Stiebing, William H. Ancient Astronauts, Cosmic Collisions. Prometheus Books, Nueva York, 1984.

[5] Cohen, Daniel. The Ancient Visitor's: Have Creatures form Other Planets Ever Landed on Earth?. Doubleday and Company, Nueva York, 1976.

[6] Williams, Stephen. Fantastic Archaeology. University of Pennsylvania Press, Philadelphia, 1991.

[7] Kolosimo, Peter. Timeless Earth, University Books, Nueva York,1968.

 

Fuente: ASALUP.org

 Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 2.5 Argentina License.

 
< Anterior   Siguiente >


¿Aviso inapropiado? Avise aqui si no se respeta nuestra Politica de publicidad